martes, 21 de marzo de 2017

Sleep



Estoy acostada en un lugar duro y frío, pequeño y bajo una fuerte luz. Escucho voces, escucho que mueven utensilios de metal, quiero moverme, pero no puedo. Mi cuerpo está paralizado, quiero tomar aire, pero tampoco puedo, entonces me doy cuenta de que el aire no está pasando por mis pulmones y empiezo a moverme, no, ni siquiera puedo.

Siento entonces como me incorporan y me hacen la cabeza para atrás, abren mi boca y me meten un tubo que me llega un poco más allá de la garganta, me lastima. Me vuelven a acostar y entonces no siento la necesidad de respirar, pero sé que estoy recibiendo oxígeno.

¿Estamos listos?

Escucho una voz levemente familiar, trato de recordar y enseguida sé de quién es.

Si doctor, podemos empezar cuando usted quiera.
Perfecto, hagamos un buen trabajo.

Estoy en el quirófano… A punto de ser operada, la anestesia no me ha invadido por completo así que aun escucho todo, me siento pesada, no puedo mover nada ni siento frío, ni calor. Solamente mi mente está activa, un poco activa pues me siento aturdida… Y en pocos minutos dejo de saber sobre mi entorno.


No sé cuánto haya pasado, mis parpados se sienten pesados, trato de moverme y esta vez lo puedo hacer un poco. Siento frío, demasiado frío. Despierto porque una mujer está a mi lado tomando mis signos vitales, siento como algo aprieta mi brazo, escucho aparatos marcando mi ritmo cardiaco el cual es bajo, aun no abro los ojos, no puedo.

Estás muy baja de temperatura, casi 34 grados.

La enfermera se escucha un poco alarmada y sus pasos se alejan, segundos después siento como me pone más sabanas y un aparato que saca aire caliente. Me deja bien cubierta, casi como un rollo de sushi. Quiero hablar, pero el cansancio me gana, vuelvo a alejarme de la realidad.


Escucho una voz.

Abre los ojos, necesitas despertar, vamos hija… Inténtalo.

Le hago caso a esa voz, me lleva algunos minutos lograr abrir siquiera los ojos y cuando lo hago me encuentro con un doctor de barba bien marcada, fina y negra. Me ve con ojos serios, pero labios a medio sonreír. Observa algo que está arriba de mí, lo cual supongo que es el monitor que se escucha con mis latidos.

Mantente despierta, debes hacerlo. No te dejes ir más.

Su sonrisa se va y parece un poco tenso, abro un poco más los ojos como señal de entendimiento y me toca, niega con la cabeza. Quizá siga fría. Se mantiene viendo el monitor, con los brazos cruzados, observándome a ratos. Trato de mantenerme activa, observo a mi alrededor y de lejos puedo leer “Sala de recuperación”. A mi lado hay alguien también, a mi otro lado igual. Observo a otros doctores, a enfermeras, trato de mantenerme ocupada pero el peso de mis parpados ganan. Me vuelvo a dormir.


Quizá pasaron minutos o más que eso… La voz nuevamente me habla y esta vez con un poco más de facilidad abro los ojos.

Hija, no vuelvas a dormir por favor, te necesito despierta.

Ahora muevo la cabeza con un sí, siento que puedo mantenerme despierta con un poco más de facilidad, una enfermera viene y me pone algunos medicamentos por intravenosa. Me habla y solo asiento con la cabeza… Cuando quiero hablar no puedo. Tengo oxigeno puesto, cubre mi nariz y boca. Alzo un poco la mano para quitarme algo que me lastima la nariz. 

No puedo quitarlo. Es un tubo que entra por mi nariz y está metido y hasta quien sabe dónde diablos. Observo mis manos, mis muñecas están moradas, quizá por tantos piquetes. En mi hombro derecho está un catete central que llega a mi corazón, con seis entradas para el suero y otras cosas que entran por intravenosa. Aun así, me conectaron una muñeca.
Esta vez me mantengo despierta por largo rato hasta que el doctor viene a mí.

Estas lista para irte a tu habitación.

Asiento y minutos después viene una enfermera, me quita algunas sabanas y el aparato de calor, toma unas hojas y las pone en mis piernas, llega un hombre alto y fuerte. Me pasa de una camilla a otra con facilidad y en el movimiento siento un dolor intenso en mi estómago, como si algo se moviese dentro de un lado a otro, meciéndose. Maldición.
Me sacan de la sala y el señor empuja la camilla a paso rápido, escucho pasos atrás de mí, la enfermera camina a mi lado y otras voces vienen también. Pasamos por algunos pasillos, subimos a un elevador y comienzo a reconocer cuando llegamos a la nave donde está mi habitación.

De lejos veo a las enfermeras que me atienden a diario, vienen a mí, entramos a la habitación y muchas personas entran también, comienzan a hablar. Me pasan a mi cama y nuevamente el dolor intenso me invade.

Le administramos estos medicamentos…
La operación duro siete horas, le pusimos plasma porque estaba perdiendo mucha.
Antes de llegar le pusimos morfina para el dolor. Le tienen que administrar cada ocho horas el medicamento.
Tenía temperatura muy baja, está estable ahora.
La paciente está por ahora fuera de peligro, estará en observación cada tres horas por su equipo médico.

Siguen hablando, estoy aturdida y entre todas las personas que están aquí busco a la mujer que me dio la vida. La veo segundos después en la entrada, viéndome con preocupación, pero alivio, está hablando con mi cirujano.

Ella ve que la observo y me regala esa hermosa sonrisa, me siento tranquila después de verla. Quiero sonreírle, pero el oxígeno no me deja así que solo parpadeo como saludo.
Las enfermeras vienen y me hablan, me revisan, me vuelven a poner medicamentos y los doctores se van.

Mamá viene a mi lado, toma mi mano y vuelve a sonreírme.
Estoy aquí, a su lado. He salido de la operación.

Bienvenida mi vida.

Aprieto la mano de mamá y los parpados vuelven a pesarme.

Me dejo ir nuevamente en un sueño profundo.




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