Estoy acostada en un
lugar duro y frío, pequeño y bajo una fuerte luz. Escucho voces, escucho que
mueven utensilios de metal, quiero moverme, pero no puedo. Mi cuerpo está
paralizado, quiero tomar aire, pero tampoco puedo, entonces me doy cuenta de
que el aire no está pasando por mis pulmones y empiezo a moverme, no, ni
siquiera puedo.
Siento entonces como me
incorporan y me hacen la cabeza para atrás, abren mi boca y me meten un tubo
que me llega un poco más allá de la garganta, me lastima. Me vuelven a acostar
y entonces no siento la necesidad de respirar, pero sé que estoy recibiendo oxígeno.
¿Estamos listos?
Escucho una voz levemente familiar, trato de recordar y enseguida sé de
quién es.
Si doctor, podemos empezar cuando
usted quiera.
Perfecto, hagamos un buen trabajo.
Estoy en el quirófano… A punto de ser operada, la anestesia no me ha
invadido por completo así que aun escucho todo, me siento pesada, no puedo
mover nada ni siento frío, ni calor. Solamente mi mente está activa, un poco
activa pues me siento aturdida… Y en pocos minutos dejo de saber sobre mi
entorno.
No sé cuánto haya pasado, mis parpados se sienten pesados, trato de
moverme y esta vez lo puedo hacer un poco. Siento frío, demasiado frío.
Despierto porque una mujer está a mi lado tomando mis signos vitales, siento
como algo aprieta mi brazo, escucho aparatos marcando mi ritmo cardiaco el cual
es bajo, aun no abro los ojos, no puedo.
Estás muy baja de temperatura,
casi 34 grados.
La enfermera se escucha un poco alarmada y sus pasos se alejan,
segundos después siento como me pone más sabanas y un aparato que saca aire
caliente. Me deja bien cubierta, casi como un rollo de sushi. Quiero hablar,
pero el cansancio me gana, vuelvo a alejarme de la realidad.
Escucho una voz.
Abre los ojos, necesitas
despertar, vamos hija… Inténtalo.
Le hago caso a esa voz, me lleva algunos minutos lograr abrir siquiera
los ojos y cuando lo hago me encuentro con un doctor de barba bien marcada,
fina y negra. Me ve con ojos serios, pero labios a medio sonreír. Observa algo que
está arriba de mí, lo cual supongo que es el monitor que se escucha con mis
latidos.
Mantente despierta, debes hacerlo.
No te dejes ir más.
Su sonrisa se va y parece un poco tenso, abro un poco más los ojos como
señal de entendimiento y me toca, niega con la cabeza. Quizá siga fría. Se
mantiene viendo el monitor, con los brazos cruzados, observándome a ratos.
Trato de mantenerme activa, observo a mi alrededor y de lejos puedo leer “Sala
de recuperación”. A mi lado hay alguien también, a mi otro lado igual. Observo
a otros doctores, a enfermeras, trato de mantenerme ocupada pero el peso de mis
parpados ganan. Me vuelvo a dormir.
Quizá pasaron minutos o más que eso… La voz nuevamente me habla y esta
vez con un poco más de facilidad abro los ojos.
Hija, no vuelvas a dormir por
favor, te necesito despierta.
Ahora muevo la cabeza con un sí, siento que puedo mantenerme despierta
con un poco más de facilidad, una enfermera viene y me pone algunos
medicamentos por intravenosa. Me habla y solo asiento con la cabeza… Cuando
quiero hablar no puedo. Tengo oxigeno puesto, cubre mi nariz y boca. Alzo un
poco la mano para quitarme algo que me lastima la nariz.
No puedo quitarlo. Es
un tubo que entra por mi nariz y está metido y hasta quien sabe dónde diablos. Observo
mis manos, mis muñecas están moradas, quizá por tantos piquetes. En mi hombro
derecho está un catete central que llega a mi corazón, con seis entradas para
el suero y otras cosas que entran por intravenosa. Aun así, me conectaron una
muñeca.
Esta vez me mantengo despierta por largo rato hasta que el doctor viene
a mí.
Estas lista para irte a tu habitación.
Asiento y minutos después viene una enfermera, me quita algunas sabanas
y el aparato de calor, toma unas hojas y las pone en mis piernas, llega un
hombre alto y fuerte. Me pasa de una camilla a otra con facilidad y en el
movimiento siento un dolor intenso en mi estómago, como si algo se moviese
dentro de un lado a otro, meciéndose. Maldición.
Me sacan de la sala y el señor empuja la camilla a paso rápido, escucho
pasos atrás de mí, la enfermera camina a mi lado y otras voces vienen también.
Pasamos por algunos pasillos, subimos a un elevador y comienzo a reconocer
cuando llegamos a la nave donde está mi habitación.
De lejos veo a las enfermeras que me atienden a diario, vienen a mí,
entramos a la habitación y muchas personas entran también, comienzan a hablar.
Me pasan a mi cama y nuevamente el dolor intenso me invade.
Le administramos estos
medicamentos…
La operación duro siete horas, le
pusimos plasma porque estaba perdiendo mucha.
Antes de llegar le pusimos morfina
para el dolor. Le tienen que administrar cada ocho horas el medicamento.
Tenía temperatura muy baja, está
estable ahora.
La paciente está por ahora fuera
de peligro, estará en observación cada tres horas por su equipo médico.
Siguen hablando, estoy aturdida y entre todas las personas que están
aquí busco a la mujer que me dio la vida. La veo segundos después en la
entrada, viéndome con preocupación, pero alivio, está hablando con mi cirujano.
Ella ve que la observo y me regala esa hermosa sonrisa, me siento
tranquila después de verla. Quiero sonreírle, pero el oxígeno no me deja así
que solo parpadeo como saludo.
Las enfermeras vienen y me hablan, me revisan, me vuelven a poner
medicamentos y los doctores se van.
Mamá viene a mi lado, toma mi mano y vuelve a sonreírme.
Estoy aquí, a su lado. He salido de la operación.
Bienvenida mi vida.
Aprieto la mano de mamá y los parpados vuelven a pesarme.
Me dejo ir nuevamente en un sueño profundo.
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